ADICTOS A LA INFELICIDAD

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Por Dr. César Lozano

Fuente: extraído de www.cesarlozano.com

Por supuesto que la palabra “adicción” es una palabra sumamente fuerte y más cuando se adjudica a la palabra “infelicidad”.

Sabemos de la gran cantidad de personas que caen en diversas adicciones como las drogas, el juego, el sexo, la comida y que, desafortunadamente, las cifras de quienes las padecen van a la alta, fruto del estrés, el tipo de vida y las carencias afectivas que se tienen y que provocan un vacío, el cual busca ser llenado de alguna manera, la cual no siempre es la más saludable. 

Martha Heineman Piper, doctora en Psicología de la Universidad de Chicago y el Dr. William J. Piper llevan 25 años practicando la consulta privada tratando a niños, jóvenes y adultos y, después de múltiples investigaciones con sus pacientes, han concluido que la gran cantidad de sufrimiento en los seres humanos es resultado de que las cosas no salen como normalmente lo esperamos, lo cual causa insatisfacción, frustración y desánimo y, por lo tanto, conlleva a un eterno sufrimiento. Parte de esta insatisfacción puede ser por situaciones externas difíciles de predecir o controlar como enfermedades, accidentes o el trato con personas con quienes tenemos que lidiar por no decir –soportar- y que irremediablemente son parte de nuestro círculo cercano. 

La búsqueda incansable de ese tesoro llamado felicidad nos hace caer en la trampa de que la encontraremos cuando las situaciones, circunstancias y personas estén siempre a nuestro favor, lo cual tú y yo sabemos que es un mero espejismo. Problemas siempre habrán, gente desagradable siempre llegará y circunstancias fuera de nuestro control también persistirán. He llegado a las siguientes conclusiones en relación a este tipo de adicción recientemente etiquetada, pero que desde tiempos ancestrales los seres humanos padecen:

1.    Conscientemente deseamos encontrar la felicidad, pero inconscientemente estamos promoviendo cierto grado de desasosiego para sentirnos equilibrados interiormente. Extraño, pero cierto. La mejor forma de ejemplificar lo anterior es la culpabilidad que probablemente tú y yo hemos sentido al no creernos merecedores de gastar en nosotros mismos y buscar siempre razones suficientes para guardar ese dinero para alguien más, incluyendo nuestros hijos, pareja o un futuro que generalmente es incierto. En cierta etapa de mi vida, sentía culpabilidad de tomarme un descanso (por cierto, bien merecido) y buscaba bloquear ese momento de quietud pensando en todo lo que podría estar haciendo en lugar de no hacer nada. 

2.    Fomentamos la adicción a la infelicidad cuando somos nosotros mismos los que impedimos el logro de objetivos planeados. Empezamos a realizarnos una serie de preguntas venenosas sobre los “porqué no” en lugar de los “cómo si” lograr lo que deseamos. Creemos que el éxito o la felicidad no está destinada para nosotros porque el pasado nos ha enseñado a aceptar que el sufrimiento es parte de nuestra historia y por lo tanto nos acompañará por más tiempo. Elegimos la frustración o el desánimo y por lo tanto atraemos eso mismo a nuestras vidas. 

3.    Cuando elegimos una profesión o a una persona que nos hace sentirnos frustrados o infelices, no tomamos las riendas de nuestra vida para elegir lo bueno y lo mejor para nosotros. Preferimos rendir culto al sufrimiento y al estado de comodidad que significa no tomar decisiones aun y la urgencia de cambiar para nuestro bien. ¿A cuántas personas conoces que se quejan amargamente de sus empleos, jefes o parejas y siguen ahí? No buscan mejorar sus condiciones o tomar decisiones drásticas de cambio por miedo o temor a lo desconocido. 

4.    Sorprendentemente cuando estamos en el estado de salud perfecto o en el trabajo adecuado o con la persona que amamos, saboteamos nuestra felicidad buscando o hurgando las razones por las cuales no deberíamos de estar tan a gusto como nos sentimos. Increíble el poder de nuestra mente para convencernos de que ésa no es la felicidad y por lo tanto empezamos a convertirnos en personas non gratas en el trabajo, obstaculizando el logro de objetivos o criticando a quienes no hacen las cosas como yo creo que es lo correcto en lugar de apoyarnos mutuamente. Saboteamos nuestra felicidad con la pareja buscando y enfatizando los errores en lugar de los aciertos. El reconocimiento pasa a último plano o prácticamente no existe. 

5.    Sufrimos la pérdida de un ser muy amado por divorcio o muerte y caemos en una profunda depresión olvidando que tenemos el derecho a vivir nuestro duelo y recuperarnos; aprender a vivir con esa ausencia sin caer en la tristeza permanente. La historia está llena de hombres y mujeres resilientes que sufrieron inmensamente y después de ese sufrimiento, se hicieron más fuertes de lo que eran antes. Aprendieron a amar con mayor intensidad a quienes sí tienen y superaron el dolor y comprendieron que la partida de los seres amados es parte del proceso de aprendizaje de esta vida. 

Los orígenes de esta adicción son muy variados. Por supuesto que se han encontrado evidencias suficientes que avalan que la depresión puede ser hereditaria, mas no es determinante en que quienes hayan tenido padres así, estén condenados a sufrir lo mismo. 

Todos nacemos con la capacidad suficiente para disfrutar una vida feliz y plena, pero a la mayoría de los seres humanos les resulta muy difícil desarrollar ese potencial. Hubo en la historia investigadores que aseguraron que desde que los niños nacen ya vienen con cierta predisposición al egoísmo, agresividad o a la incapacidad para regular su apetito, lo cual es una percepción errónea. Al paso del tiempo se ha descubierto que muchos de los rasgos de carácter o forma de ser o responder ante lo que sucede son aprendidos en la infancia. Si los padres son amorosos, comprensivos y enseñan a sus hijos a responder asertivamente ante lo que les sucede, eso mismo harán los hijos y futuros adultos al paso del tiempo. Un amor inteligente, la alternativa compasiva a la disciplina que los convertirá en mejores padres y a sus hijos en mejores personas. 
Existe una gran cantidad de niños heridos, ahora convertidos en adultos heridos, que no recibieron ese amor compasivo y se les enseñó que la ira, el rencor o el resentimiento es la mejor forma de reaccionar ante lo inesperado. 

Dos importantes recomendaciones para evitar seguir siendo víctimas eternas de la infelicidad: 

1.    Buscar reencontrarnos y sanar a ese niño herido es gran parte de nuestro trabajo interior. En caso de ser necesario, buscar terapia para poder lograrlo.

2.    Recordar que la felicidad es siempre una elección. Una decisión diaria que hay que practicar una y otra vez. Es normal y natural caer, mas no permanecer en la tristeza profunda que se convierte en sufrimiento y depresión. Empecemos a hacer frente a las recaídas, aceptar que siempre hay una solución y que muchas veces esa solución depende de cada uno de nosotros y cuando esa alternativa no dependa de nosotros, recordar que no es lo que me pasa lo que más me afecta, sino la forma en la que reacciono a lo que me pasa. Los estados de desánimo son naturales y forman parte de nuestra vida pero vivir permanentemente así no lo es. 

Toma las riendas de tu vida comprometiéndote a analizar a fondo lo que depende de ti  buscando alternativas de solución; recordando que lo que no depende de ti es parte del diario vivir y que la fe, el tiempo y la actitud que tomes en este momento pueden ser determinantes para que las cosas mejoren o empeoren. 

Evita ser parte de las cifras de adictos a la infelicidad,  evitando caer en la tentación de creer que la felicidad sólo depende de factores externos, no olvides decidir hoy mismo poner tu mejor actitud –aunque sea actuada- y programarte para lo mejor, que siempre está destinado para ti.

¡Ánimo!
Hasta la próxima.

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